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Dominios: gatos y albañiles - Alejandra Bosch

44 páginas, 2020.

En un tiempo que se hace laxo, unos hombres trabajan en la casa, construyen la galería, arreglan el techo. En medio de esas horas lentas, la tormenta parece casi inminente. El desborde del agua acecha y, quien mira ese avance, teme la pérdida que trae la demasía. ¿Qué sucede cuando el río se deshace de su orilla? ¿Qué es de la casa invadida? ¿Qué, de quien la habita? Alejandra Bosch construye un poemario atravesado por el agua. Es el agua que les da de beber a los trabajadores, el agua alimento que brota clara de la tierra “y se derrama”; es el río Ubajay que “pelea silencioso” contra las bolsas de arena que intentan contenerlo y, también, se derrama.

Sola en la casa, la mujer mira “porque mirar es lo que mejor hago”, dice: mira a los hombres trabajar, mira las plantas, los gatos, mira el mundo alrededor en movimiento mientras ella sigue ahí, pegada a un deshacerse que no termina de mutar. De frente a esa ola, anuncia: “otra vez la pesadilla del agua”; en su recurrencia fantasmal, el agua vuelve y lo barre todo. La mujer mira, pero la naturaleza en su vaivén tiene un sentido que se escapa una y otra vez.

En Dominios: gatos y albañiles, decir inundación es decir enero y es decir también la muerte que no se nombra (“Enero tiene fechas complicadas / –no te nombro– / estás bajo tierra y una garúa paulista/ también bajo agua”). Si otra era la vida antes, cuando la casa en la ciudad, la casa de la madre viva, cuando ella sabía tiempos y ruidos, cuando sabía, incluso, cómo alejar la basura que traía la inundación; ahora en cambio, en medio de esta casa, de este yo en construcción, no sabe y entonces mira, sin descanso. Una mujer añora un pasado-madre: el del agua nutriente que hoy, en su falta, atraviesa la voluntad, la tierra, las bolsas de arena, el cuerpo-mundo todo, y deshace.

Con el despojo frente a sí, entre las manos, con el agua sucia que acompaña el río en su desborde, Alejandra Bosch escribe y encuentra un camino: “todo lo que no le sirve al mundo / a mí me gusta”. En este libro, una poética y un modo de vida hallan unido cauce: construir belleza con / desde los restos.

Loreley El Jaber

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1

Aquí
hay hombres que trabajan
todo el día al sol
aprovechando las horas que pasan lentas
sí los días se abren claros
sobre las casas y las plantas
porque si llueve
si llueve
ellos no vienen.
Aquí los días transcurren
entre ruidos de martillos
y conversaciones aéreas
gritos y órdenes:
–ahí va– y vuelan ladrillos al espacio.
También hay música
hombres que cantan y fuman agachados.
En los mediodías
hay silencios o risas reposadas
y corre el agua por sus cabezas
y la cerveza.
Van y vienen
por las calles de arena
colgados, como surfistas
en las camionetas
de los que se llaman
contratistas.
Van atrás,
no son dueños
ni de los martillos que golpean
ni de los andamios
sólo de la pericia
y de las horas quemadas.
Vengo de otro lado
–como ellos–
no a trabajar, sólo a mirar
por ahora es todo lo que hago.

Alejandra Bosch