El fin de la siesta - Eduardo Camisassa

104 páginas, 2013.

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En la lejana década del cincuenta un niño se empeña en descubrir el mundo. Desde un pueblo de la Provincia de Buenos Aires interpela, cuestiona y pregunta, buscando respuestas que no siempre están disponibles. Con la ayuda de su ingenio entonces, y el puñado de conocimientos que adquirirá en el camino, procurará hallar el porqué de las cosas, las leyes universales que gobiernan el mundo. (...) Éste es el viaje que nos propone El fin de la siesta, un recorrido a través de la mirada de Albertito, un niño asombrado, vivaz y siempre inquieto. Por detrás, el lector adivinará la del adulto que juega y se divierte, se emociona desde otro lugar y otro tiempo: el que vino después de la siesta.

Eduardo Stafforini

Con un estilo directo, mordaz y gracioso, estos relatos nos muestran la vida de un pueblo, Alvear, y sus personajes típicos: los inmigrantes que llegaron para quedarse, y comparten su filosofía con frases que quedarán grabadas en el narrador; las configuraciones familiares, las diferencias entre hombres, mujeres y chicos; las viejitas Amalaya, la Hermana Eulalia que enseñaba Música; la Abuela Catalina y el Loco Minoli, entre otros.

Cada relato es un fragmento de película antigua, de fotografía buscada, porque el narrador tiene un oído finísimo para los diálogos y la audacia poética que ojos impertinentes y precisos saben captar.

Karina Macció

*

El médico cirujano

Los chicos tenían que seguir jugando porque después les iba a tocar vivir. Los grandes tenían que seguir viviendo y envejeciendo, aunque los chicos no lo supieran. A los más viejos, a medida que envejecían sólo les iba quedando una opción honrosa. La ley es ésa, guste o no. Hay que jugar al tomate que envenena, al molino que embelesa, al muñeco que se enferma.
–Me parece que ese muñeco está enfermo.
–¿Te parece? ¿Cuál? –preguntó la hermana que tenía una colección de muñecos de distinto calibre y forma.
–El oso. Tiene la cara cada vez más tristona. No hay que ser un especialista para darse cuenta de que está enfermo.
–A mí me parecía también que estaba enfermo. Mirale la cara.
–Mmmmmm… este oso se está por morir –pontificó el hermano mayor.
–Bueno… no será para tanto. Yo te dije que estaba enfermo, pero no que se iba a morir.
–Mirá, si no se opera rápido, este osito tiene los días contados. Creeme que está en las diez de última.
–Nooo, no lo quiero dejar morir, ¿quién me lo puede operar? –dijo angustiada la hermanita.
–Yo sé operar muñecos. Pero no es algo fácil, si no todos los chicos sabrían.
–Entonces operamelo vos. Yo no sé.
–Traeme las pinzas que empezamos –dijo el hermano que ya tenía en la mano un cuchillo para empezar la carnicería.
–¿Y? ¿Qué pasa?
–Este oso está lleno de aserrín que no me deja trabajar tranquilo. Esperá que en un ratito le voy a sacar todos los males que tenga de un saque –dijo el improvisado cirujano.
–¿Cuánto te falta? ¿Cuántas horas dura la operación?
–Listo. Ya está. La cirugía fue un éxito, el oso va a andar bien.
–Pero entonces coselo. Si ya terminaste de operar, coseme el oso. No me lo vas a dejar con la panza al aire. Fijate que no chorree, está perdiendo aserrín por todos lados.
–Ana María, yo te dije que sabía operarlo, pero la verdad es que no sé coser. Llamala a mamá que sabe y listo.
De todas maneras, él siempre había sabido que el osito nunca se iba a morir.

Eduardo Camisassa