Notas sobre la inmortalidad de Azucena - Destiempo Despacio - Vol. 2 - Enrique Troncoso

92 páginas, 2021.

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¿Qué es el tiempo? ¿Cómo lo percibimos? ¿Qué hacemos con él, con nuestra vida? Mortales como somos, deseamos vivir para siempre, pero no sabemos qué sería eso. Bellos vampiros se han fascinado con su inmortalidad (y su imagen), mas luego quieren terminar con todo porque es insoportable. Tanto vivir puede ser insoportable... ¿y si le bajáramos la velocidad? ¿Qué pasaría si cada segundo fuera como una hora o un mes? En esta historia, Azucena hace honor a su nombre: un devenir vegetal la vuelve lentísima, de edad desconocida y cara pergamino, de movimientos casi imperceptibles por su lentitud. Hay que esperar horas una respuesta de su boca y para ella levantarse de una silla puede tomar un día. “Azucena se mueve sin moverse”, dice el narrador, quien intenta explicar en estas notas cómo atravesó esos meses, años, de estudio y observación. La gran aventura de Ernesto Villalba, en un comienzo estudiante, junto a su compañera Renata Shajter, no es la que él vislumbra. La transformación será más allá de lo que puede comprender, su cuerpo le irá diciendo, pero sintonizar ese cambio es más difícil para Ernesto que aprender chino mandarín. ¿Tocar la piel deseada y que la caricia no acabe? En esta historia fantástica, seguimos a los personajes como soñando, abandonamos el vértigo cotidiano que nos marea y nos deja ciegos. Ahora podemos ver (sentir) con ojos exorbitados por el detalle y la emoción. Enrique Troncoso nos da con este relato la posibilidad de maravillarnos a cada segundo, con cada mínima insinuación de la existencia.

Karina Macció

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Cuando dio por terminada la muestra de fotos y volvió a guardar el álbum en el cajón, la investigación llevaba ya algo más de tres meses. Volvimos al salón principal mientras el frío del cambio de estación se iba haciendo evidente. Azucena nos habló todo el tiempo durante el viaje de regreso a su sillón preferido. Transcribo la totalidad de lo que nos dijo:

–El aceite de oliva es muy bueno para la salud, pero el único que sirve es el de la primera prensada en frío, a partir de ahí ya pierde sus propiedades más importantes.

Cuando llegamos a este punto en el tema del aceite la cama de su habitación estaba a la vista y Azucena se tomó unas tres horas para cambiar el tono de la conversación.

–Me voy a dormir –dijo e inició el bostezo más largo de la historia.

Horas más tarde terminó de acostarse en un proceso que incluyó una larga levitación de ocho horas y tomó la primera de las dos siestas de dieciséis días. El mundo de Azucena, retirado al universo de los sueños, nos lanzó de golpe a la velocidad habitual de los acontecimientos, y el cambio de ritmo resultó un poco como saltar en paracaídas. Veníamos de estar extenuados de lentitud, perdidos en una maraña quieta, sin pensamiento. Atrapados sin resistencia en el tiempo del insomnio. Demorados de todo, haciendo la nada durante horas, mirando a Azucena mover una mano o flotar en medio de un paso de baile. Filmábamos todos esos movimientos y, cada 72 horas, pasábamos la película acelerándola hasta el límite para terminar de entender lo que había sucedido. Todo el tiempo juntos, como budas zombis, sin comunicación con nadie en el mundo, atentos al movimiento como si estuviéramos sentados viendo el crecimiento de una planta, obsesionados por capturar el exacto momento en que brotan las flores, o por describir la totalidad del desarrollo del cambio de color en las hojas. Lo insólito era lo bien que me sentía, lo inmensamente lejano de cualquier pensamiento acerca del mundo que no fuera ese mundo de días iguales a las noches, del acontecimiento permanente. Varado en el mismo lugar, sentado leyendo filósofos chinos. Sin preguntas existenciales, así sin nada.

Fragmento de la Tercera Parte, Apuntes personales sobre el efecto Azucena entre 5 y 20 años después.

Enrique Troncoso