Relámpagos Vol. 3 - Jan de Jager

304 páginas, 2019.

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Usted tiene en sus manos un libro que será de colección. Jan de Jager compila textos propios y ajenos con la audacia del maestro inteligente que nos hace volver a mirar aquello que ya vimos y descubrir siempre algo nuevo. La genialidad está en construir capa sobre capa una arquitectura literaria interactiva que revela en una misma historia lo simple y lo complejo. La belleza está en hacerlo de forma poética, dejando caer sobre cada texto un halo de suave calidez.

Cada relámpago de este volumen 3 ilumina fugazmente un pedazo de la historia de la humanidad. Con cada uno abre un arcoíris de posibles lecturas y relecturas. Desde la primera palabra pronunciada o el origen de la poesía en la época de las cavernas, los egipcios, los romanos, los imperios, el oriente, el descubrimiento de América, las riquezas, el dinero, la explotación y la muerte, los derechos de las mujeres, las pateras, los refugiados; como si fuera un arca infinita de la historia de la filosofía, de la filosofía de la historia, en este libro parece haber una muestra de absolutamente todo.

Y si usted, lector, buscando algo no lo llegara a encontrar aquí, sepa que lo hallará en alguno de los otros cinco volúmenes de estos centelleantes Relámpagos.

Eugenia Coiro

*

El origen de la poesía


El hombre enciende el fuego a la entrada de la caverna.
Por entre las nubes del oeste se despide el sol del anochecer,
se difunde el aroma de la carne asada.
Unas pocas gotas de lluvia atraviesan verticales
los rayos de luz rojiza que, horizontales, atraviesan el humo.
Los otros olores son de los cueros y de los cuerpos,
de tierra mojada y de madreselvas y de todo lo verde.
La hija de dos años atiza las brasas con un palito,
sacándoles chispas;
el hijo recién nacido toma la teta, adormilado.

La mujer dice
                    “u_n_d_r_”
que quiere decir maravilla.

Eso.

*

La muerte


Ahora que me estoy muriendo
N. Perlongher


Hoy está ante mí la muerte
Como la salud llega al enfermo,
Como si me levantara de la cama tras largo padecer

Hoy está ante mí la muerte
Como el aroma de la mirra
Como si me arrebujara con un poncho en un día de viento

Hoy está ante mí la muerte
Como el aroma del loto
Como quien se tumba a orillas de la borrachera

Hoy está ante mí la muerte
Como cuando cesa la lluvia
Como quien vuelve a casa de una guerra lejana

Hoy está ante mí la muerte
Como el cielo cuando escampa
Como el anhelo de ver mi propio hogar tras tantos años de cautiverio



(anónimo egipcio, ca. 1900 a. C.)

*

Cuestiones homéricas


¿Existió Homero? No voy a entrar a fondo en ese sesudo debate: alguien evidentemente compuso la Ilíada y la Odisea. La opinión tradicional, claro está, atribuye ambos poemas al tal Homero, otros en cambio sostienen que fueron dos los poetas, uno por poema, quizás con algunas interpolaciones posteriores. Y otros sugieren que diferentes pasajes fueron compuestos por distintos poetas, y transmitidos oralmente, y en todo caso quizás remozados, compilados y ordenados por un poeta escriba. O sea que en ese caso: no uno, sino docenas de Homeros.

A esto último cabría responder como respondió G. B. Shaw (o quizás fue Chesterton) a las teorías sobre los “varios Shakespeare”. Decía Shaw “¿No es muchísimo más probable un solo genio que un consorcio de genios, todos de altísimo voltaje poético, viviendo en un mismo lugar y en la misma época?”.

La otra cuestión curiosa es aquella leyenda que sostiene que Homero era ciego.

Napoleón Bonaparte, que si de algo sabía era de guerras, solía decir: “Cuando leo a Virgilio, en la Eneida me encuentro con el magnífico producto de la imaginación de un señorito de Palacio. En cambio la Ilíada es la obra de alguien que conoció muy de cerca los campos de batalla.”

Queremos suponer que ese Homero que vivió de cerca la batalla no andaba por ahí tanteándose paso con un anacrónico bastón blanco. Lo que sí es posible es que haya perdido la vista con posterioridad: ¿acaso no existe desde tiempos inmemoriales la costumbre de punzarles los ojos a los canarios, para que canten mejor?

Jan de Jager